RUIDOS EN LA CASA O DE COMO HACER UNA FUNCIÓN SIN ESTRÉS

29 de septiembre de 2013. A las cero horas y dieciséis minutos el Teatro Regio de Almansa rompe en aplausos. Sonrisas, caras de satisfacción, más sonrisas, más aplausos, entradas y salidas de los actores, más aplausos. ¡Por fin! Descansamos, se irradia satisfacción, ya pasó… el quinto estreno ya pasó y ha salido muy bien. Comentamos entre nosotros. “No ha estado mal”. “Yo estoy muy contenta”. “El primer acto un poco flojo, pero en el segundo y en el tercero nos recuperamos, yo también estoy contento”.
Respiramos hondo y salimos a saludar, a fumar, a respirar aire fresco. De entre cortinas rojas aparece el director con cara de buenos amigos, sonriente, saluda, felicita, da ánimos. Y le preguntamos, como siempre le preguntamos. ”Bien, ha estado bien. Lo mejor de todo el primer acto, el segundo y el tercero con falta de ritmo”. Algunos nos miramos sin entender, decididamente el teatro es un arte subjetivo, muy subjetivo. Yo ya lo decidí hace tiempo, no hacer caso a nadie y seguir mi propio criterio. Eso sí, al director hay que obedecerle disciplinadamente… casi siempre.
Pero todo empezó casi cuatro semanas antes, el 2 de septiembre.
– ¿Qué tal las vacaciones?
– ¡Muy bien!
– ¡Qué moreno estás!
– Ya se me han olvidado.
– ¡Uff, qué pereza empezar con los ensayos otra vez!
– ¿Estamos todos?
– No, que falta…
– Pero está llegando que me ha mandado un sms.
Y recibimos la planificación de ensayos via correo electrónico. ¡Cómo amamos esa aplicación! ¿A veces me pregunto cómo sobrevivió Maru-jasp en sus primeros años sin correo electrónico, sin móvil, sin whatsapp? Nadie se lo explica. Inma, incansable, nos manda la planificación de ensayos y su ordenador se llena de correos. “Qué yo no puedo mañana”. “Que yo ya tenía otro compromiso”. “Que estoy en otro sitio”. Pero ella implacable, imperturbable, como si los sms fueran al correo de una Inma virtual que no entiende, no mueve ni un ápice, insiste, reinsiste y allá estamos los que podemos, que hoy faltas tú y mañana falto yo. No importa todo se reduce a leer un texto u otro y de pronto tenemos una nueva Flavia o un nuevo Luis y estamos… y ensayamos, vaya si ensayamos. Y terminamos cansados, agotados, sudados, pero estamos… como las sardinas. El director hace sus cábalas para que en el próximo ensayo hagamos esto y nosotros nos encargamos de cambiárselo y él aguanta estoico, con ganas de cortarnos en pedacitos y echarnos a los caimanes para vernos resurgir como el ave Fénix convertidos en seres disciplinados dispuestos a empezar de nuevo. Y nosotros, que en el fondo lo apreciamos… y mucho, lo dejamos que se ilusione, total ya la vida le deparará otros sinsabores, y seguimos con lo nuestro.
Y llega el último día de ensayo del quinto estreno y Beatriz, que se ha pasado tres semanas en el hospital, ve la luz y la sonrisa vuelve a su boca. Y yo que me entero que, encima, la han operado de un bulto de grasa que no tenía. Parece una noticia sacada de una comedia de humor inglés. Y ensayamos todo y sale… como puede. Hablamos de las transiciones, pero el “dire” nos tranquiliza, tendremos hora y media para ensayarlas. Sin problemas. La función es a las diez de la noche, nos va a sobrar tiempo hasta para echarnos una siesta. “Que repasemos el texto y las transiciones”, insiste nuestro director. ¡Pues claro hombre, que ya lo sabemos, que hasta un pase de texto vamos a hacer antes de que llegues!
Ocho de la mañana, suena el despertador, lo paro, ocho y cinco vuelve a sonar, lo vuelvo a apagar, ocho y diez, repite su despertar y le doy otro manotazo, ocho y cuarto Gloria me da un manotazo a mí “Apágalo ya”. De pronto me acuerdo de Cuqui. ¡Dios! Que este aparece en menos de veinte minutos y nos aporrea el timbre. Me levanto, me ducho y me tomo el café. Ocho y treinta y cinco, recojo lo último y me acuerdo que no tengo gasolina. ¡El timbre! No debería estar aquí, debería estar en la gasolinera. Respiro hondo y contesto como si todo estuviera a punto e hiciera más de quince minutos que lo espero. Busco los zapatos, no encuentro los calcetines que quiero y me pongo otros. ¡El timbre, otra vez! intento apresurarme, pero no, era que necesitaba “kleenex” y de pronto me pregunto ¿qué me ha pedido? ¿atrix? ¿spontex? Me bajo y me lo llevo a la gasolinera. En un periquete salimos, esperamos que se componga Gloria y revise las luces, el agua, las ventanas, las llaves y baje la basura… Está claro que es polineuronal. Recogemos a Gabi y a Marta por el camino y nos vamos. Llegamos a la calle Madrid de Almansa y tengo la impresión de que alguna multa cae. La calle Madrid número 18 es un chalet adosado probablemente muy confortable para sus dueños pero con poco parecido a la trasera de un teatro, claro quizás era escenografía y no nos dimos cuenta. Preguntamos por el teatro, hay que dar la vuelta, torcer a la derecha, girar a la izquierda, bajar cinco calles, encontrar una plaza, un banco y una calle peatonal, la del teatro. Que pensé yo “en este pueblo no ponen multas por entrar en las calles peatonales”. Pero no, no era eso, es que el alcalde, como nuestro Bartolo, se enamoró de los bolardos y los puso por aquí y por allá. Descargamos, montamos y de pronto Inma que se angustia, ¡que se había olvidado los filtros! Pues nada hija, te tendrás que apañar con cuatro plastiquillos de colores de los que hay por aquí y lo demás blanco. Pero es que lo que Inma no sabe es que la Divina Providencia nos ampara y se dijo: “estos chicos necesitan tiempo, vamos a dejar que la muchacha no se entusiasme con los colorines y termine rápido”. Fenomenal, hasta podremos hacer un pase de texto antes de que venga el “dire”. Y nos vamos a comer que es la hora.
A la vuelta, de pronto y sin saber por dónde ni por qué, aparece nuestro director, contento él porque había llegado pronto. Pues podría haber llegado un poco más tarde cuando ya hubiéramos hecho el pase de texto y algún ensayo de transiciones. Pero no, él siempre oportuno, ahí, vigilante, callado, pero vigilante, como los monos sabios, que ni ven ni oyen ni hablan, pero ahí están, sigilosos, expectantes, sin zozobra, para que los demás vean, oigan y hablen. Venga, ya que estás aquí, cúrratelo un poco y dirige algo, que no vas a venir por la patilla, que esto se cambió, que de aquello no me acuerdo,… que el mundo está al revés y la Lola se va a los puertos.
A volver a empezar (¿ganó un óscar verdad?) ¿Quién hace esto? Los que no lo hacen no dicen nada (lógico, si no lo hacen no se lo van a inventar). Quien lo tiene que hacer no se acuerda (¿cómo lo va a decir si no se acuerda desde que se estrenó por cuarta vez en Navalcarnero hace un parto?). Pero seguimos y hacemos algo que uno dice así no se hace y otro dice que sí, bueno se decide que se hace así y ya veremos que dice el video (si nos hemos equivocado o no). Nos vestimos después de ¿pasar texto y hora y media de ensayar transiciones? Nos pasa lo mismo que al “dire”, las ilusiones también nos embargan. Pues ya que sea lo que Dios quiera, porque ya que hemos llegado aquí, aquí estamos y que salga el sol por Antequera.
Cuando todo está casi listo, maquillados, vestidos, todo a punto, Miguel siente que le falta algo, no puede ser, siente que los bóxer con botones de colores tan setentero que le había comprado Mari Jose no están en su sitio, lo piensa, se acojona y no tiene más remedio que comprobarlo. Baja la cremallera, mete la mano y saca un pedazo de tela con botones pintados de colores, respira, todo en su sitio. Subimos al escenario y miramos por el agujero del telón, el patio de butacas está casi lleno, de pronto todos en el escenario pero falta la Señora Ortiz y Miguel la busca como un loco, quedan apenas cinco minutos para subir el telón y Pepa no aparece ni en el escenario, ni entre cajas, ni en el baño, ni en los camerinos… alguien le dice a Miguel que Pepa tiene que estar en el patio de butacas porque empieza por ahí y que se fue con Inma después del “mierda”, como siempre. Miguel respira un poco.
Se abre telón y sale la Clackett y entra, un poco atacada por cierto, Cris casi sin voz, le pide a Miguel que grite por ella si en el momento adecuado no puede, habrá que grabar la cara del director si esto ocurre, se tragará “la bolsa de las gominolas”. Y Roger empieza a llenarse de puntitos brillantes que en breve se convertirán en un manantial con el que apagar la sed de la mitad de los saharauis. Maite dando vueltas, concentrada, abstracta, sin ganas de que nadie la hable y Flavia alentando, inyectando energía. Nos toca y de pronto todo se tranquiliza y el mundo vuelve a su ritmo. El primer acto va transcurriendo, sin prisa pero sin pausa, bien, nos empezamos a sentir cómodos, llega el final y con él la primera transición. No va mal, se desarrolla bien.
Empieza el segundo acto, a Miguel le han cortado el paso con la mesa de atrezzo, no importa ya resolverá. Y así es, sin problema, sale, mantiene su conversación con Flavia, pronto se acabará el texto y empezarán las acciones. El escenario se oscurece del todo y un cenital ilumina la caja y la bolsa de Philip… en el lado contrario. Tranquilo Miguel que no pasa nada, improvisas una acción, te acercas, coges la caja y la llevas a su sitio mientras Quique te mata con la mirada, Pepa hace gestos para que hables y Maite susurra que improvises. Ni caso, ¡qué locos! Con la caja en su sitio suelta la frase que hace siete segundos que esperan, y que ellos creen que han sido siete minutos, ¡qué exagerados!, pero si ni quiera se ha notado. Termina Miguel la última palabra con parsimonia, tranquilidad y alevosía y en ese momento, en ese preciso momento, visualiza la cara del director comiéndose el brazo de madera de la butaca… Todo fluye cada vez mejor hasta que Flavia hace como que entra de la buhardilla y le dice a Philip: “Roger, cariño, si no vamos a irnos a la cama aprovecharé para ordenar la buhardilla”. ¡Cómo me vuelva a llamar Roger la hostio en la buhardilla y la pego mitad, en el plato de sardinas, mitad en la citación!
Termina el segundo y pasamos al tercero, todo viento en popa…
Aplausos…, a las cero horas y dieciséis minutos el Teatro Regio de Almansa rompe en aplausos. Sonrisas, caras de satisfacción, más sonrisas, más aplausos, entradas y salidas de los actores, más aplausos. ¡Por fin! Descansamos, se irradia satisfacción, ya pasó…
Por cierto, ¿alguien recuerda cuándo es el sexto estreno de “Ruidos en la arena”?

Jose Bernal

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